BORDANDO UN DESEO DE ALGAS

Aprendiste que para bordar, y para vivir, hay que soñar.

Así que soñaste. Flotabas en un lago verde y tranquilo. En tu pecho había una bebé casi líquida, de algas:

“como un hilo verde flotando que se me pega a la memoria y al cuerpo”.

Cuando despertaste sabías que estabas embarazada y que además era una niña. Con alegría pasaste las agujitas romas de tus dedos por encima de tu vientre, como una araña madre. Sentiste la semilla que desde ese momento parecía mirarte… Y esperaste:

“esperar un latido, esperar que todo esté bien, esperar que no pase nada”.

Hasta que sobrevino la pérdida y ya no esperaste nada. Querías gritar algo, te estabas ahogando en ese mismo lago verde, agitado. No sabías cómo salir del sueño, más bien de la pesadilla, y regresar a ti. Entonces recordaste que bordabas y que la aguja, como dijo Louise Bourgeois, repara.



Bordaste para alguien que creíste que iba a venir. Con añoro. Bordaste ese vestidito rojo con un jardín Chamula y mariposas flotantes:

“y quisieras disolverte en toda esa agua para irte con todo tu cuerpo y dejar de esperar, también a que deje de doler. Quisiera coser el tiempo…”.

El bebé de algas resurgió entonces en forma de hilo:

“como musgo y como hierba”

y como agua de memoria que se elevó para ser arcoíris, lluvia, que creció:

“tan alto, que llegaste al cielo y en las nubes de mi vientre lloverá de nuevo”.

Escribiste un poema, regresaste al hilo y al papel y creaste de nuevo. Primero, una serie para curarte de este dolor. Dibujaste plantas pensando en la tierra fértil, y levantaste texturas con el bordado. Fue un proceso de contemplación.






287 visualizaciones3 comentarios