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¿Con qué se entierra a una bordadora?

Sentada en el estudio, escucho a Gimena preguntar a sus alumnas “¿a quién enterrarían con sus agujas?", yo con un taza de té medio frío enfrente y una aguja entre los dedos, me acuerdo de que al gato lo enterramos con ese pingüino de peluche que tanto le gustaba y a mi abuela con todos sus anillos porque se hubiera muerto, por segunda vez, de vergüenza de que tanta gente la viera sin arreglar en su funeral, y ¿a las bordadoras? ¿con qué se entierra a las bordadoras?, ¿será que se les entierra con sus bordados terminados o con agujas y lienzos en blanco?


A lo largo de la historia se han encontrado diferentes sepulturas en las que aparecen materiales para bordar, los arqueólogos han llegado a muchas conclusiones con respecto a la presencia de herramientas textiles en ellas pero hay dos de las que me interesa hablar aquí, la primera, que supongo parece la más obvia es que aquellas tumbas en las que hay estos elementos pertenecen a bordadoras y a tejedoras, es decir que están asociados a la identidad del individuo al que se entierra y la segunda es que son un reflejo de la sociedad en la que uno se muere, por ejemplo hay un pueblo en Argentina en el que que se cree que el algodón nativo tiene propiedades curativas, encontrar algodón en una tumba de esta región, entonces, no necesariamente respondería a la labor de quien la ocupa sino a las creencias de la sociedad que lleva a cabo el rito mortuorio. Supongo que al final, con qué te vas al más allá depende de cómo te perciben y en qué creen los que se quedan vivos.


Me pregunto entonces, si fueran a enterrar a una bordadora como Gimena Romero en un sepulcro antiguo, ¿cuáles serían los objetos que aquellos que trabajamos con ella consideramos que deberían acompañarla?

Gimena siempre dice que el bordado es lo que pasa mientras bordas, que se trata de la bordadora y de sus vivencias. Si pienso entonces en cuáles son los objetos que se irían con ella al otro mundo, no pienso en piezas bordadas sino en las velas que prende mientras borda, no pienso en las agujas sino en el olor a té que sale de nuestras tazas, no pienso en el color de los hilos sino en el reflejo del sol cuando sacamos una mesa al patio por la mañana y tal vez, no pienso en las miles de puntadas que conoce sino en las canciones que por épocas se repiten una y otra vez en la bocina.


Entonces, la tumba de Gimena Romero estaría llena de velas y cerillos para prenderlas, bolsas de té con olor a especias, un tragaluz para que entre el sol de la mañana, en alguna esquina estaría esa bocina que nos acompaña en las horas de trabajo y a caso, una que otra aguja, porque ya sabemos que éstas se cuelan por cualquier parte.




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