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Para bordar a Pipa

Para bordar a Pipa se necesita empezar por un hilo perdido. Aquel de cuando se buscaban sin encontrarse. Ella, Gimena, pasando por albergues de cachorros sin dar con esos ojos que creyó haber soñado. Ella, Camila, espantada por escobas y palos, incomprendida en su amor incondicional.


El hilo seguirá perdido un poco más. Ahora hay que mirar por el diminuto ojo de una aguja aquel cartel en la pared, ese que dice “Camila en adopción”, y saber, decretar: “eres tú”. Camila ya está adoptada, pero sabemos que las agujas hacen caminos únicos. Ante la amenaza de volver a la calle, la cachorra llega a casa de Gimena, quien ya la sabe, ya la espera para empezar su propia familia de dos.


Tras enhebrar el hilo perdido y abrir el camino, para bordar a Pipa hay que darle su nombre. Pasar de Camila a Demimur. Reír un poco. Entender el surrealismo de su pelaje de tierra que respira, asegurar que no es una pipa de Magritte, sino una perrita. O tal vez sí, es una Pipa. Una Pipa de Gimena y una Gimena de una Pipa.


De ahora en adelante, cada puntada tendrá su espacio, como lo tiene Pipa. Ella siempre está ahí, a dos metros de distancia, pero está. Estuvo cuando Gimena olvidaba tomar sus descansos en el taller y ella, tan solo con su mirada porque no sabía ladrar, le pedía que salieran a dar un paseo, a tomar el fresco de la tarde en Coyoacán, a jugar. Porque bordar también es jugar.


Estuvo cuando llegó Pedro, y le declaró su amor y confianza. Solo así Gimena supo que Pedro era, y Pedro sería. Estuvo cuando llegó Tesla, un cruce entre perro y velociraptor, y esta le enseñó a ladrar al fin. Pipa aprendió a su manera, como un pájaro, como una lechuza quizá. Estuvo cuando nació Leonor y se despertaba varias veces en la noche. Así, juntas, los llantos se hicieron un poco más dulces, el ambiente se hizo más cálido.


Estuvo y estará. Para bordar a Pipa hay que saber que es un bordado sin fin, de múltiples texturas y de un comportamiento suave, de seda, que cruza sus patas al frente con suma elegancia, que no gusta de mojarlas, ni de comer lo que no debe. A no ser de que se trate del pandulce que alguna vez robó y escondió por lugares estratégicos de la casa para no devorarlos de una vez, sino para comerlos de a pocos. El arte de Pipa es el del disfrute, la lentitud.


Por todo lo anterior, Gimena no ha bordado a Pipa. “Tengo tanto amor por ella que no quiero que se me escape algo de su esencia, o profanar ese amor con el error de mis manos”.


Para bordar a Pipa, no hay que bordar a Pipa.




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